Nací en un barrio partido en dos: de un lado, las calles de tierra; del otro, el asfalto. Salir de ahí no era fácil. De los chicos con los que crecí, apenas tres lo conseguimos.
Lo hice gracias al estudio y al esfuerzo. Trabajaba desde los 15, y a los 19 me lancé a viajar por mi cuenta, con un hambre voraz de libertad disfrazada de curiosidad por otras culturas. Alternaba esas travesías con el empleo y la carrera de Ingeniería en Sistemas, donde me sentía a gusto en esa mezcla de orden cartesiano y creatividad. A los 23, con lo ahorrado, me mudé al centro de la ciudad.
Recorrí buena parte de Latinoamérica hasta que entendí, como en Narciso y Goldmundo de Hermann Hesse, que ya no era un joven inocente, sino un adulto.
Fue entonces cuando colgué la mochila y me puse la corbata. Ingresé en Solvay, una compañía multinacional, y a través de distintos roles internacionales seguí conociendo países y costumbres. Participé en proyectos muy variados: informática, supply chain, finanzas, recursos humanos. Cada uno, apasionante a su manera.
Pero lo que de verdad me atraía era la gente. Los proyectos se sucedían y ya se me confunden en la memoria; en cambio, conservo intactos los rostros, las conversaciones y los relatos de cada persona que se cruzó conmigo. Descubrí, además, que dos palabras me llevarían muy lejos y me abrirían casi todas las puertas: «por favor» y «gracias».
El universo corporativo me dio esa sensación efímera de realización, poder y estatus. De acumular. Lo que no veía era que, por dentro, seguía siendo un mendigo. Con el tiempo comprendí que todo aquello había sido una búsqueda de reconocimiento, no la expresión de un deseo auténtico. Y decidí tomar otro rumbo.
Ese giro fue un pasaje: de la performance a la presencia, de la fuerza a la potencia, de la debilidad a la riqueza de la vulnerabilidad, de la inteligencia a la observación interna en silencio.
Al mismo tiempo, me convertí en padre de tres hijos. Ellos me confrontaron con mi propia historia, porque todo lo que uno no sana se reactiva con la paternidad. Me regalaron una familia multicultural y, sobre todo, me enseñaron a dejar atrás los vínculos jerárquicos para relacionarme de un modo más horizontal, desde una mirada mucho más amplia que aquella en la que me formé.
Hoy acompaño a quienes buscan sentirse mejor, construir una vida en la que puedan desarrollarse plenamente y habitar mundos que los hagan felices.